domingo, 23 de junio de 2013

Cementerio de los ingleses en Bera. La tumba al soldado desconocido


En estos días que se cumplirá el bicentenario de la derrota de los franceses y el posterior incendio de San Sebastián el 31 de agosto del 1813 por parte del ejército aliado: español, portugués, inglés que tenía que liberarla, son diversos los actos conmemorativos que se van celebrar en la ciudad, siendo uno de ellos el convocado en el cementerio de los ingleses localizado en el monte Urgull.

Pues bien, en Bera también existió un cementerio conocido como de los ingleses, en el que reposaban parte de los militares ingleses que murieron defendiendo el puente San Miguel dentro de la conocida Guerra de Independencia 1808-1813. Este cementerio, se encontraba al lado de la parroquia y del primitivo cementerio, y gracias a la labor de investigación de Egoitz Tellechea Echepare (El cementerio de Bera de Bidasoa), conocemos que su desaparición fue a consecuencia de lo siguiente:

La Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada hacer por Carlos IV recoge la Ley de Carlos III (9 diciembre 1786) que trata de los “Cementerios de las Iglesias: entierro y funeral de los difuntos”. En esta ley, el rey Carlos III manda que se observen las disposiciones canónicas sobre el uso y construcción de cementerios según lo mandado por el ritual romano. Como dato de mayor interés se menciona el hecho de que:

Se harán los cementerios fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ellos, en sitio ventilados e inmediatos a las parroquias y distantes de las casas de vecinos, y se aprovecharan para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos, como se ha empezado a practicar en algunos con buen suceso.

En Bera no empezaron a llevar a cabo el mandato real hasta la década de los 30 del siglo XIX. Los primeros proyectos de construcción de un cementerio apartado del núcleo urbano son de 1830, pero el nuevo camposanto tardaría todavía mucho en construirse pues, la falta de dinero por un lado y de voluntad por otro hicieron que la ejecución de la nueva construcción se demorara casi dos décadas.

La determinación para construir lo que las reales cédulas mandaban, fue el extremadamente serio toque de atención con visos de amenaza que un indignado comisionado, Sáenz de Tejada envía desde Pamplona al ayuntamiento beratarra, advirtiéndoles de las grandes sanciones económicas que pueden padecerse siguen en abierta desobediencia a la voluntad real, a la vez que le piden noticias sobre el proyecto y una pronta contestación.

Así pues, definitivamente, se procedió a edificar el cementerio nuevo pegado a la ermita de San Martín, cumpliendo con lo estipulado por la ley creada por Carlos III. Para este momento también se había empezado a aplicar el nuevo mandato sobre la conducción de cadáveres.

La nueva necrópolis se abrió en 1850 con el nombre de Cementerio público de San Martín. Aquella primera construcción ocupaba, aproximadamente, la mitad del espacio que el actual ocupa. Para construir el camposanto tuvieron que horadar la ladera de la montaña a cuyos pies se empezaba a levantar este. La cantidad de agua que del monte se desprendía a causa de los manantiales y riachuelos que en ella había y habían sido alterados trajo un sinfín de problemas a la hora de levantar las paredes, ya que, los corrimientos de tierra eran continuos. Esto se atajó definitivamente en 1900 con la tercera reforma del cementerio en la cual se procedió a canalizar y desviar las aguas que bajaban del monte.

Una vez abierto el cementerio se procedió a la repartición de parcelas. Esto se hizo tomando como base la disposición de parcelas que tenía el antiguo cementerio en la iglesia y sus jardines. Así, a todo aquel que tenía lugar de entierro en el viejo camposanto tenia también lugar en el nuevo, siempre que abonara los 30 reales de vellón correspondientes ante el párroco, que fue el encargado de gestionar todo lo que supuso el cambio de ubicación del recinto y su apertura.

Todavía hoy en día quedan restos y lápidas con el nombre de la familia y número de la parcela correspondiente.

El cementerio de la parroquia no quedó olvidado. Las familias todavía asistían a misa y se sentaban en los bancos ubicados sobre el espacio denominado “eser lekua”, pues allí todavía descansaban los restos de sus antepasados. De igual manera era atendido el cementerio que se encontraba en los actuales jardines de la iglesia y aunque algunas sepulturas se eliminaron por molestas, muchas seguían allí y gozaban todavía del recuerdo de sus familiares, que acudían a ellas comúnmente. Por ello, el ayuntamiento manda adecentar, quitar broza y arreglar algunas cosas en el antiguo cementerio en 1890 aludiendo a que era un lugar visitado y necesitaba estar bien cuidado.

Pronto quedo pequeño el camposanto nuevo y se procedió a instruir un expediente de posible ampliación del mismo. El expediente está fechado en 1894 y se da noticia del cementerio actual y de las posibles reformas que pudieran hacerse, así como de la orientación geográfica hacia la cual se situaría la nueva parte. El vecino D. Manuel Larumbe, presento una instancia al ayuntamiento contra tal idea ya que de producirse la reforma, su fábrica harinas San Martín sería derribada, como finalmente aconteció.

La queja del vecino no próspero y tras solicitar planos a diversos arquitectos se deciden por los que en 1895 firma el arquitecto Juan José de Aguinaga en Irún a 3 de junio. El proyecto se aprueba el siguiente año y en el 1897 se presenta un expediente para la formación de calles con el cementerio ampliada. Y se aprueban el nuevo Reglamento y registro. Se levantó así la segunda parte del camposanto, pero poco duro en pie. En 1900 una gran riada y sus correspondientes inundaciones, junto con la gran cantidad de tierra y agua que desde el monte caían, arraso el cementerio y daño seriamente la ermita de San Martin. El agua llego a sacar hasta cuerpos a flote.

Las facturas muestran que el de 1900 fue un año en el que el cementerio dio muchos gastos. Entre otras destacan las obras para levantar los muros derribados por inundación el 18 de noviembre de 1900 y la canalización de las aguas que bajan del monte. La factura definitiva de todas las obras es fechada el 24 de noviembre de 1900. En la recomposición y arreglo del cementerio y la ermita se tomaron en cuenta las nuevas disposiciones para la creación de cementerios.

En la parte central del cementerio, se encuentra una tumba conocida como la del soldado desconocido. Es un gran rectángulo que en su cuerpo primero se forma con losas unidas. Sobre este primer cuerpo encontramos ya una enorme piedra tallada que da forma al túmulo y lo cierra. La impresión general que da, es la de un enorme sarcófago. Rodea la tumba una reja de hierro forjado. Ningún ornamento más. Tiene un gran parecido con los monumentos funerarios del cementerio de los Ingleses de Urgull 

Esta tumba pudo haber sido desmontada del primer cementerio y vuelta a montar en el segundo. Es una incógnita. Hubo un tiempo en el que se decía que que la sepultura guarda el cuerpo de un soldado que murió defendiendo el puente de San Miguel. Y llevados por la fantasía popular, alguno le gustaría que bajo esa mole de piedra descansara el Capitán Daniel Cadoux, oficial de la Rifle Brigade del ejército británico, cuya memoria honra un monolito situado en el puente donde se dice que murió el 1 de setiembre de 1813. 

Aurelio Gutiérrez Martín.

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